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ANECDOTAS E HISTORIAS SOBRE EL TAXI
2007 www.todotaxi.es
 
 
ME EXPULSARON DE UN TAXI

Casi todo el mundo ha tenido alguna experiencia vital interesante con un taxista. Los hay que ejercen de psicólogos, de asesores financieros, de confidentes, de detectives, de kamikaces, de comadronas y hasta de policías. Seguro que habría muchísimas historias apasionantes que escribir sobre este colectivo. Pero también las hay cafres, como ésta.

Caía una tromba sobre Barcelona. El agua resonaba en el tejado de la redacción y el subdirector de información se puso nervioso. Como en otras ocasiones a mí me tocó salir a la calle y hacer un reportaje. Pretendía que recorriera toda Barcelona en pleno aguacero para explicar cómo sobrevivía la ciudad a semejante inundación.

Y es que una cosa es lo que se piensa dentro de la redacción sobre lo que sucede ahí fuera y otra muy distinta lo que uno se encuentra. Vamos, que llovía, pero tampoco era para coger una zódiac.

A por los peores atascos

Paré un taxi en la anchísima calle de Aragó, que estaba casi colapsada de vehículos a causa de la tormenta y del apagón inevitable de semáforos. Cuando me senté en el asiento trasero le solté al conductor mi increíble petición: "Hola. Lléveme por favor a los sitios donde haya más problemas de tráfico y de lluvia".

Yo creo que el taxista debió de pensar que yo estaba loco o que me había tocado el Euromillones y quería fundirme el premio en una interminable carrera de taxi.

Y justo antes de que enfilara hacia el instituto psiquiátrico hice algo que casi nunca hago por si las moscas y que es revelarle mi condición de periodista. "Verá -le dije- es que me han encargado un reportaje y por eso tengo que ir a los sitios donde haya más problemas con el agua. Pero no se preocupe por la carrera que se la pago igual".

La pregunta clave

"¿Y dónde me ha dicho que trabaja?", me preguntó el muy chafardero, con cierta malicia porque yo no se lo había mencionado ni pensaba decírselo. Pero acorralado por la pregunta le contesté el nombre de mi periódico.

¡Dios mío! Menudo frenazo. El vándalo frenó de repente en medio de la calle y me gritó: "Bájese ahora mismo de mi coche. Yo no llevo a nadie de su periódico".

"Pero, oiga, si está diluviando", le contesté justo antes de preguntarle por el motivo.

"¡Que te bajes!", me soltó.

"Pues tendré que apuntar la matrícula y denunciarle", le solté, pero él ni se inmutó.

Yo me quedé en medio de la calle, notando como el agua comenzaba a anegar mis tobillos y con la boca abierta por el alucine de un reservado el derecho de admisión en vehículos que desconocía. Hasta me miré los calcetines, por si los llevaba blancos, como en las discotecas.

60 euros de nada

Como soy un hombre de palabra, denuncié al taxista. Y al cabo de un tiempo recibí una carta en la que me informaban que le habían abierto un expediente. El tipo ni siquiera presentó alegaciones y tuvo que pagar una sanción de 60 euros.

Sobre las causas de aquel suceso, sólo he podido imaginarlas. Nuestro diario ha denunciado manipulaciones de taxímetros, abusos a turistas, cobros de comisiones en restaurantes y hoteles, mafias en el párking del aeropuerto... Y claro eso no le ha gustado a algunos.

"Pues menos mal que no te partió la cara", me dijo un compañero, ya en la redacción. Pues eso, menos mal.

El Enviado del Cielo

Serían sobre las once de la noche, cuando, hallándome en la parada de la Estación del Norte, (Renfe) requirió mis servicios un joven de una edad comprendida entre los veintidós y veinticinco años. Su indumentaria era de lo más correcta: vestía un buen corte de traje de color gris jaspeado y chaleco del mismo tejido, camisa blanca, corbata de finas rayas oblicuas y zapatos negros.
*En resumen, diríase que ¡todo un caballero!, aparentemente.

Buenas noches

- Buenas noches - le contesté.
- ¿Me puede llevar a Sueca?

(Esta población dista unos treinta y cinco kilómetros desde Valencia)

- Cómo no, señor.
*Ocupó el asiento delantero derecho y marchamos hacia Sueca. Esos viajes son los que da gozo y placer realizar, porque son pocos kilómetros que se recorren en poco tiempo;
no pierde uno de vista "el Micalet".
En el recorrido apenas si cruzamos palabra, salvo cuando le ofrecí un cigarrillo, que aceptó.
Acabábamos de pasar la población de Sollana, cuando se decidió a abrir conversación.
- Voy a ver si pongo orden en Sueca, que buena falta hace que le pongamos la mano encima.
*Pensé que sería policía o algo por el estilo.
- ¿Pertenece usted a algún cuerpo especial? - le pregunté.
- Al cuerpo más grande que puede existir.
- Y ahora va usted destinado a Sueca, ¿no es eso?
- Así es; siempre vamos de una parte a otra, sin descanso.
- Bueno ahora que pienso: ¿No lleva equipaje?

- Nosotros no necesitamos equipajes; todo lo que necesitamos lo llevamos encima.
- ¿Todo a base de hotel?
- No hombre... A mi, por ejemplo, no me hacen falta maletas ni nada, porque soy "un enviado del Cielo".
*Quedé un poco sorprendido. No llegaba a comprender lo que quería decir y, ante la duda, opté por preguntar y aclarar de qué iba la cosa.
- No llego a comprenderle, señor. ¿Que quiere decir "enviado del Cielo"?

- Pues está muy claro: que no soy de este mundo, que me envían del Cielo para que arregle la humanidad, que estácorrompida. Están ustedes faltos de corazón, están ustedes desprovistos de sensibilidad.

- Entonces, usted, no es terrestre....?
*Ante la declaración que me hizo, estaba mas perplejo que antes. Francamente, no sabía que pensar. Bueno, sí; me dije para mis adentros: estaría bueno que fuera un marciano y me quemase el asiento.
- ¡Exactamente!... Yo no soy materia como cualquiera de ustedes. Yo soy indestructible, porque soy de nada y lo soy todo.
- Oiga, eso es más bien un pensamiento filosófico.
- Yo podría hablar indefinidamente y nadie podría comprenderme. Todo tiene que ser a voluntad del Todopoderoso, por El que estoy aquí.
*Empecé a pensar lo peor; todo aquello era anormal. Y opté por tantear al "ángel". Ya entrábamos a Sueca.
- Bueno, oiga, usted no llevará maletas ni necesita nada de nada, pero lo que es dinero sí que llevará, ¿verdad?
- ¡Jamás! Eso no hay ni que nombrarlo, esa es una de las materias por las que la humanidad está corrompida. Por esas cosas que a simple vista no les dan importancia es por lo que estoy en la tierra.
- Pero en casa sí que tendrá, ¿verdad?
- A mí me está prohibido tener dinero. Nosotros no lo necesitamos; esa es una de las razones de la perdición de los terrestres.
- Pero, oiga, entonces, ¿quién me va a pagar el viaje?
- Pues, no lo sé. Yo, desde luego que no; ya le digo que a mí me está prohibido tener dinero.
- Y cuando ha cogido el taxi, ¿por qué no dice que no lleva dinero y no iba a pagar?... Bueno, usted dirá lo que hago o dónde le llevo.

- Lléveme donde usted crea. Voy a decir lo mismo que le he dicho a usted.
*Pensamientos y deseos tuve de emprenderla a golpes con aquel "tarado mental"; pero no sé a ciencia cierta lo que me hizo contenerme.
Tras unos segundos de meditación me decidí. Sí, me decidí por volver a Valencia.
- Bueno señor ángel, pues
como no me paga, me veo en la necesidad de llevarle de nuevo a Valencia; no me deja otra alternativa.
- Como usted quiera; haga lo que crea conveniente.
*Llegamos a Valencia y me dirigí recto a la comisaría. El policía de puerta escuchó por boca de ambos el extraño caso y terminó por despertar al comisario. Este nos recibió y entró de nuevo la explicación.
- Bueno, ¿qué es lo que pasa?
- Pues, verá: Aquí este joven, que me ha subido en el taxi en la Estación del Norte y le he llevado hasta Sueca. Una vez allí, me dice que no me paga porque a él no se le permite llevar dinero.
- Bueno... ¿Qué dice usted? - preguntó el comisario al apuesto cliente.
- Ya lo ha oído usted, comisario; no puedo llevar dinero porque soy un enviado del Cielo. Sólo estoy en la tierra temporalmente, enviado por el Supremo para salvarles a ustedes.
- Y... ¿Cuál es su misión?, si se puede saber.
*Levantando ambas manos al cielo, exclamó:
- ¡Oh, Dios!... Escúchame, Señor: aquí estoy en la tierra por encargo y orden tuya, tal y como me dijiste. Es cierto que la humanidad está corrompida, materializada, desprovista de sentimientos.
- Bueno, oiga... - insistió el comisario - ¿Usted qué comedia está representando?... Páguele al taxista, que el hombre está trabajando y tiene que responder ante su patrón.
- Ya le he dicho que no se me permite el llevar ni tocar dinero. Mi misión en la tierra es el llevarles por la senda del bien, limpiarla de tanta maldad y corrupción con la que la están manchando.
- Y si usted no lleva dinero, ¿por qué ha cogido el taxi de este hombre y se va de viaje? ¿Por qué no se lo ha dicho antes?
- Porque no es preciso, señor; los ángeles no necesitamos decir nada; los enviados celestiales no pagamos. Yo voy a un restaurante y digo: soy un enviado de allá arriba y quiero comer. Me ponen de comer y no pago.
- Pues, a mí me tenía que haber dicho lo mismo, y yo no hubiera hecho el viaje tontamente. Ahora tengo que poner el dinero de esos kilómetros para mi jefe y quitárselo a mis hijos. Vaya clase de ángel con mas cara, que necesita comer y viajar con taxi en vez de desplazarse volando.
*El comisario reía de la desfachatez de aquel individuo. Nada pudimos sacarle en claro. Al final, le dejó marchar y, pasándome la mano por encima de los hombros, me dijo:
- Ya lo ve usted: está peor que un rebaño. Seguro que es otro escapado de Bétera. (Sanatorio psquiátrico)
- Pero, al fin y al cabo, el perjudicado soy yo, que tendré que poner de mi bolsillo en la recaudación cerca de ochocientas pesetas; porque mi jefe no es tonto, y esos kilómetros han sido gastados de combustible y cuentan en el cuadro.
*Como el individuo llevaba un reloj y un anillo, que a simple vista parecían de cierto valor, se lo comenté al comisario.
- Oiga, ¿por qué no le coge esas prendas y, una vez valoradas, yo puedo cobrar y no lo pierdo todo?
- No; eso no se puede hacer.
- Y este ángel, ¿para qué quiere todo eso?
*El daño es mínimo; pero, póngase usted, querido lector, en el puesto del taxista por unos momentos: Le sube un "tarado"; le hace hacer unos kilómetros en un coche que no es suyo, que tiene que rendir cuentas y, lógicamente, al final de la jornada, usted lo paga de su bolsillo, y a sus hijos ese día no les puede dar ni pan con chocolate.... ¿Cómo reaccionaría usted?
¿Hasta cuándo vamos a tener que seguir soportando la plaga del psiquiátrico de Bétera?... ¿Cuándo estarán controlados debidamente, sin que perjudiquen de una u otra forma a la sociedad?
Quiera Dios que pronto. Y..., por favor..., ¡no nos manden más enviados del Cielo!

Vivencia real, extraída de la publicación El taxi, un confesionario; editada en 1981 por su propio autor Francisco Monera Lorenzo. (Compañero taxista, fallecido en la actualidad)"